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Meditación: Sólo di OM

Los científicos la estudian. Los médicos la recomiendan. Millones de norteamericanos, muchos de los cuales ni siquiera tienen cristales, la practican diariamente. ¿Por qué? Porque la meditación funciona.

Por Joel Stein

Un pensamiento que no puedo anular, que sigue rondando en mi cabeza y se interpone entre mi felicidad y yo, es éste: ¡Qué manera de perder el tiempo! Estoy sentado de piernas cruzadas, sobre un cojín púrpura, con los ojos cerrados, en una sala de yoga con 40 personas, la mayoría de ellas mujeres atractivas en tenida deportiva. Es todo un logro que no esté yo pensando en ellas. O riéndome como tonto. Me he concentrado en los sonidos externos, luego en mi respiración y luego, supuestamente, sólo en la realidad presente de mi estado físico; un estado físico que cada minuto se concentra más en la falta de irrigación sanguínea en mi pie derecho. Pero lo dejo pasar, y luego dejo ir los pensamientos sobre los bombones que me rodean, y luego dejo ir el pasado y el futuro, luego, mis preocupaciones sobre cómo escribir este artículo. Y por unos breves instantes, lo logro. Veo algo así como la oscuridad infinita; siento como si me separara de mi cuerpo y como si estuviese a punto de quedarme dormido. Pero estoy completamente despierto. Se siente bien. e inmediatamente después tengo esta epifanía: podría estar viendo televisión.

Después de 20 minutos hacemos una pausa para tomar un recreo. Cosa que me sorprende, porque jamás habría imaginado que sentarse sobre un cojín fuera una actividad que necesita recreos. Antes de recomenzar, nuestra instructora, Sharon Salzberg, cofundadora de Insight Meditation Society (Sociedad de Meditación Insight) de Barre, Massachussetts, y autora de Faith: Trusting Your Own Deepest Experience (Fe: Confianza en su propia y más profunda experiencia), nos da la oportunidad de hacer preguntas o comentarios. Cuatro de ellos se refieren a la respiración: “Me cuesta mucho concentrarme en la respiración. La encuentro muy complicada”, se queja una mujer, “Es decir, la respiración debe ser lo más difícil que hacemos”. Por un par de segundos pienso en esperar afuera y burlarme de todas ellas. Pero sin importar cuán ridículas puedan parecer, la ciencia moderna dice que estas chicas me llevan la delantera. Por un lado, probablemente me sobrevivirán por una buena cantidad de años. No sólo hay estudios que demuestran que la meditación fortalece su sistema inmunológico, sino también se les han practicado scanners que sugieren que la meditación podría estar mejorando las conexiones nerviosas en sus cerebros para reducir el estrés. Entretanto, los escépticos han pasado a ser la minoría.

En la actualidad, diez millones de adultos norteamericanos dicen practicar algún tipo de meditación en forma regular; dos veces más que una década atrás. Hoy en día las clases de meditación están llenas de norteamericanos comunes y corrientes que no poseen cristales, que no están suscritos a las revistas New Age y que ni siquiera viven en Los Ángeles. Para aquellos profesionales trabajólicos y competitivos convencidos de que sus vidas son mucho más estresantes que las de los antiguos granjeros, que se dedicaban a ordeñar vacas, hacer jabón y revolver mantequilla, la meditación es el baño de burbujas de la gente inteligente.

Y ya no necesitan salir en busca de algún gurú barbudo que vive en medio de un bosque para practicarla. De hecho, cada vez es más difícil evitar la meditación: se ofrece en colegios, hospitales, bufetes de abogados, edificios fiscales, empresas y prisiones. Los aeropuertos cuentan con salas de meditación debidamente señalizadas, junto a las capillas religiosas y las cabinas de Internet. La meditación fue el tema central de un curso en West Point, de la edición de Harvard Law Review publicada en la primavera de 2002, y de más de una charla motivacional dictada por Phil Jackson, entrenador de los Lakers, en el mismísimo camarín. En los colegios universitarios Maharishi de Fairfield, Iowa, que comprenden universidad, enseñanza media y enseñanza básica, todos los alumnos de básica meditan juntos dos veces al día. Las visitas al Centro Shambhala Mountain, en Colorado Rockies, un descomunal y llamativo campus que hace pensar en una especie de Tibet dominado por el magnate de los casinos Steve Wynn, han aumentado de 1.342 en 1998 a un total proyectado para este año de 15.000 visitantes. Los hoteles Catskills en Nueva York se están transformando tan rápidamente en refugios de meditación que el Borscht Belt ha sido rebautizado como Buddhist Belt.

Y, tal como ocurre con cualquier gran tendencia norteamericana que llega a ser portada del TIME, muchos de estos meditadores son famosos. Tenemos, por ejemplo, a Goldie Hawn, Shania Twain, Heather Graham, Richard Gere y Al Gore, si es que aún puede considerarse famoso.

Pero este interés actual tiene tanto de medicinal como de cultural. Cada día más médicos recomiendan la meditación como un método para prevenir, disminuir o al menos controlar el sufrimiento en enfermedades crónicas como las dolencias cardíacas, el SIDA, el cáncer y la infertilidad. También se utiliza para restablecer el equilibrio en los casos de disturbios psiquiátricos como la depresión, la hiperactividad y el déficit atencional (ADD, de su nombre en inglés). En una combinación de misticismo oriental y ciencia occidental, los médicos están recurriendo a la meditación no por seguir la moda ni porque piensen que es lo ‘top’, sino porque los estudios científicos están empezando a demostrar que funciona, especialmente en enfermedades relacionadas con el estrés.

“Durante 30 años la investigación sobre la meditación nos ha mostrado que funciona maravillosamente bien como antídoto para el estrés”, dice Daniel Goleman, autor de Destructive Emotions (Emociones Destructivas), una obra que recoge la conversación entre el Dalai Lama y un grupo de neurocientíficos. “Pero lo más emocionante de las nuevas investigaciones es cómo la meditación puede entrenar la mente y reestructurar el cerebro”. Pruebas realizadas utilizando las más sofisticadas técnicas visuales sugieren que realmente puede reprogramar el cerebro, cambiando el punto al cual la congestión vehicular, por ejemplo, hace hervir la sangre. Además, comparado con una cirugía, sentarse en un cojín es bastante más barato. A medida que la meditación se desmistifica y se masifica, los métodos se vuelven más modernos. Hoy en día se queman menos inciensos, pero se conservan vestigios de la filosofía budista: la creencia de que sentarse diariamente en silencio entre 10 y 40 minutos, concentrándose activamente en la respiración o en una palabra o en una imagen, permite autoentrenarse para centrarse en el presente, por sobre el pasado y el futuro, trascendiendo la realidad al aceptarla en tal como es.

En sus formas más modernas y americanizadas se ha eliminado el tétrico mantra que exigía memorizar una frase o sílaba secreta. En lugar de ello, el objetivo es concentrarse en un sonido o en su propia respiración. Es una práctica de repetición descubierta en algún lugar de la historia de la mayoría de las religiones. Hay docenas de aderezos, desde la Respuesta de Relajación hasta el gtum-mo, una técnica que practican los monjes tibetanos en sesiones de ocho horas, que les permite elevar la temperatura de su médula corporal lo suficiente como para superar las contaminaciones mundanas o, lo que es aun mejor, para transportarlos hasta sentir sus cuerpos envueltos en tibias sábanas en medio del intenso frío de los Himalaya.

El cerebro, al igual que el cuerpo, también experimenta cambios sutiles durante la meditación. Los primeros estudios científicos, realizados en los 60s
y 70s, probaron básicamente que los meditadores están realmente concentrados. En India, un investigador llamado B.K. Anand descubrió que a través de la meditación los yogis podían entrar en un trance tan profundo que no mostraban reacción alguna si se les tocaba la piel de los brazos con tubos de ensayo calientes.

En Japón, el científico T. Hirai demostró que los meditadores Zen se concentraban tanto en el momento que jamás pudieron habituarse al tick tack de un reloj (la mayoría de la gente termina por ignorar el sonido, pero los meditadores seguían escuchándolo por horas). Otro estudio mostró que los meditadores experimentados, a diferencia de los tiradores, no se sobresaltan ante el sonido de un disparo. Curiosamente, nada de esto ha sido utilizado para un show de Las Vegas.

En 1967, el Dr. Herbert Benson, profesor de medicina de Harvard Medical School, temeroso de parecer demasiado raro, esperó hasta muy entrada la noche e infiltró a 36 meditadores trascendentales en su laboratorio para medir su ritmo cardíaco, su presión sanguínea, la temperatura de su piel y su temperatura rectal. Descubrió que mientras meditaban utilizaban un 17% menos de oxígeno, su ritmo cardíaco disminuía en tres latidos por minuto, y sus ondas cerebrales theta _aquellas que aparecen justo antes de dormir_ aumentaban sin entrar en el patrón de ondas cerebrales correspondiente al verdadero sueño.

En su best seller publicado en 1970 The Relaxation Response (La Respuesta de Relajación), Benson, fundador de Mind/Body Medical Institute (Instituto Médico Mente/Cuerpo), aseguraba que los meditadores neutralizaban el tipo de respuesta pelea-o-arranca inducida por el estrés y alcanzaban un estado de mayor calma y felicidad. “Todo lo que he hecho”,dice Benson, “es darle una explicación biológica a técnicas que la gente ha venido utilizando durante miles de años”.

Varios años antes, el Dr. Gregg Jacobs, profesor de psiquiatría de Harvad Medical School y colega de Benson, registró EEGs de un grupo de individuos a quienes se les había enseñado a meditar y los de otro a quienes se les habían entregado libros grabados en cintas para que se relajaran. Después de unos meses, los meditadores producían muchas más ondas theta que los que escuchaban las grabaciones. Ellos básicamente desactivaban las áreas frontales de cerebro que reciben y procesan la información sensorial. Al mismo tiempo, ellos lograban disminuir la actividad en el lóbulo parietal, una sección del cerebro ubicada cerca de la parte superior de la cabeza que permite la orientación espacio-temporal. Al bloquear el lóbulo parietal es posible perder el sentido de los límites y sentirse más “conectado” con el universo. Esto probablemente se siente bastante menos aburrido que cuando uno trata de explicárselo a los amigos.

Los estudios sobre los cerebros meditadores se volvieron mucho más sofisticados tras el descubrimiento de las imágenes cerebrales. O tal vez no. En 1997, Andrew Newberg, neurólogo de la Universidad de Pennsylvania, preparó un grupo de meditadores budistas para inyectarles, por vía intravenosa, un medio de contraste radioactivo que él esperaba pudiera rastrear el flujo sanguíneo en el cerebro, destacando las partes más activas.Pero la única forma que Newberg tenía para registrar el momento exacto en que ellos alcanzaban su peak meditativo era sentarse en la habitación contigua, atar una cinta a su dedo, deslizar el otro extremo de la cinta por debajo de la puerta y ubicarla junto a los meditadores. Al alcanzar el Nirvana de la meditación, ellos tirarían de la cinta y Newberg daría paso al medio de contraste para que ingresara a la sangre de los individuos. Sus resultados demostraron que el cerebro no se bloquea mientras se está meditando, sino que impide el paso de información al lóbulo parietal.

Paralelamente, Benson reunió un grupo de experimentados Sikhs que podían meditar aunque una máquina fMRI estuviese hacienda un ruido infernal, y midió el flujo sanguíneo de sus cerebros. En general, el flujo estaba bajo, pero en ciertas áreas, incluyendo el sistema límbico (que genera emociones y recuerdos y regula la frecuencia cardíaca, el ritmo respiratorio y el metabolismo) estaba alto.

En la Universidad de Wisconsin, Madison, Richard Davidson ha utilizado las imágenes cerebrales para mostrar que la meditación traslada la actividad en la corteza prefrontal (justo detrás de nuestra frente) del hemisferio derecho al izquierdo. La investigación de Davidson sugiere que al meditar regularmente el cerebro cambia su orientación del estresante modo pelea-o-arranca a uno de aceptación, y este cambio aumenta los niveles de satisfacción. Las personas con una disposición negativa tienden a tener una orientación prefrontal-derecha. Quienes tienen orientación prefrontal-izquierda son más entusiastas, tiene más intereses, son más relajados y tienden a ser más felices, aunque tal vez este sea un estado menos real.
Los estudios sobre meditación entraron en la era moderna en marzo de 2000, cuando el Dalai Lama se reunió en Dharamsala, India, con psicólogos y neurocientíficos entrenados en occidente, y exhortó al Instituto Mente y Vida a organizar estudios en maestros de la meditación de avanzada técnica utilizando tecnologías visuales de punta. Los resultados de este estudio se sometieron a discusión en septiembre en una conferencia en el MIT (Massachussetts Institute of Technology / Instituto de Tecnología de Massachussetts), donde se planificarían además las siguientes etapas de la investigación. Estos estudios no sólo permitieron tener una comprensión más detallada de la forma en que el cerebro funciona durante la meditación, sino que también proporcionaron una serie de interesantes tomas de los monjes vistiendo electrodos. A través de estos estudios, los científicos están descubriendo que, con suficiente práctica, las neuronas del cerebro se adaptarán a la actividad directa en esa zona frontal orientada a la concentración.

Para esto fueron entrenados los samurais y los pilotos kamikaze, y es lo que predica Phil Jackson: aprender a estar totalmente concientes del momento. “La meditación es como la gasolina”, asegura Robert Thurman, director de Tibet House (y padre de la actriz Uma Thurman). "En Asia la meditación era una especie de herramienta natural que cualquiera podía utilizar. Deberíamos considerarla como algo independiente del ser budista."

De hecho, la tendencia apunta cada vez más a separarla del budismo. Junto con las más oscuras técnicas Zen (como sentarse durante horas en posiciones que me parecen francamente dolorosas, y luego pedir que te golpeen con una varilla si comienzas a sentirte adormecido), los norteamericanos están probando el Vipassana (que comienza por concentrarse en la respiración), la meditación en movimiento (se inicia caminando muy lentamente para luego estar hiperconciente de cada paso), la Meditación Trascendental (o MT, que consiste en repetir una sílaba en sánscrito una y otra vez), el Dzogchen (cultivar una conciencia clara, pero semi adormecida) e incluso la danza trance (girar durante una hora con los ojos vendados al ritmo de la música). Y a comienzos del próximo año se publicará el libro Eight Minutes That Will Change Your Life (Ocho Minutos que Cambiarán su Vida). En él, su autor, Víctor Davich, defenderá la forma más norteamericanizada de meditación: una práctica diaria que según él toma solo ocho minutos. El tiempo exacto que la vida moderna nos permite concentrarnos, ya que corresponde al tiempo que hay entre los comerciales de la televisión. En su obra 365 Nirvana Here and Now (365 Nirvana Aquí y Ahora), próxima a publicarse, Josh Baran afirma que cuando su cerebro divaga sin un objetivo claro y en una forma no meditativa _eso que nos pasa cuando hemos leído 5 páginas de un libro sin entender nada_ él se siente muy incómodo.

Roger Walsh, profesor de psiquiatría, filosofía y antropología de la Universidad de California, en Irvine, ha estado estudiando en qué medida los meditadores pueden controlar sus estados psicológicos. “Sólo en los últimos años la psiquiatría occidental ha reconocido la existencia del déficit atencional, pero las tradiciones meditativo-comtemplativas han sostenido durante miles de años que todos sufrimos algún tipo de ADD (attention-deficit disorder), sólo que no lo reconocemos" "Es el tipo de déficit atencional humano elemental que nos hace difícil seguir leyendo un párrafo si éste no termina con un chiste.Los psicólogos están intentando descubrir si la meditación puede reprogramar mentes con inclinaciones antisociales.

Un estudio realizado en Kings County North Rehabilitation Facility (Centro de Rehabilitación Norte de Kings County), una cárcel cerca de Seattle, hizo que los prisioneros condenados por crímenes no violentos relacionados con el consumo de drogas o alcohol practicaran la meditación Vipassana 11 horas al día, durante 10 días, alternando meditaciones en movimiento con meditaciones sentados. Ellos fueron elegidos porque necesitaban imperiosamente una rehabilitación y porque, en realidad, ¿quién más estaría dispuesto a resistir sesiones de 11 horas de meditación? Aproximadamente el 56% de los recién iluminados prisioneros regresaron a la cárcel en los siguientes dos años, comparado con un 75% de reincidencia en los no meditadores. Los convictos meditadores también usaban menos drogas, tomaban menos y experimentaban menos depresión.

En la Universidad de Cambridge, John Teasdale descubrió que la atención ayudaba a los pacientes con depresión crónica, reduciendo su tasa de recaídas a la mitad. Durante casi toda su vida, Wendy Weisel, hija de dos sobrevivientes del Holocausto y autora de Daughters of Absence (Hijas de la Ausencia), tomó medicamentos contra la ansiedad, hasta que hace dos años comenzó a meditar. “La diferencia es asombrosa. No se necesitan medicamentos para la depresión ni para la tensión. Por primera vez en mi vida no estoy tomando medicamento alguno”.

La felicidad y la paz interior son agradables, pero piensen cuántos norteamericanos comenzarían a meditar su pudiéramos convencerlos de que vivirían más sin tener que trotar ni comer brócoli. Hace más de una década, el Dr. Dean Ornish insistía en que la meditación, junto con el yoga y las dietas, revertía la obstrucción de las arterias coronarias.
En abril de este año, en una reunión de la Sociedad Norteamericana de Urología, anunció su más reciente descubrimiento: la meditación puede disminuir el cáncer a la próstata. Si bien estos resultados son interesantes, hay que considerar que los pacientes también practicaban yoga y hacían dieta. Jon Kabat-Zinn, quien estudió budismo en los años 60 y fundó la Clínica de Reducción del Estrés en el Centro Médico de la Universidad de Massachussets en 1979, ha intentado descubrir pruebas más científicas de los poderes curativos de la meditación.

Durante años Kabat-Zinn ha ayudado a más de 14.000 personas a manejar el dolor sin medicamentos, enseñándoles a concentrarse en cómo se siente su dolor y en aceptarlo en lugar de luchar contra él. “Ellos padecen de cáncer, SIDA, dolor crónico”, comenta. “Si pensamos que podemos hacer algo por ellos, estamos en serios problemas. Pero si cambiamos el enfoque y consideramos posible que ellos sean capaces de hacer algo por sí mismos y les damos herramientas poderosas para lograrlo, la situación puede cambiar de manera sorprendente”. Últimamente Kabat-Zinn ha estado estudiando un grupo de pacientes con soriasis, una enfermedad a la piel incurable que a menudo es tratada enviando a los pacientes al hospital, donde deben ponerse gafas protectoras y pararse desnudos en una calurosa cabina bajo una intensa luz ultravioleta. Al parecer, mucha gente considera que este método es estresante. Rabat-Zinn decidió entonces elegir al azar a la mitad de esos pacientes y enseñarles a meditar para reducir sus niveles de estrés mientras estuvieran en la cabina de luz. En dos experimentos, la piel de los meditadores mejoró cuatro veces más que la de los no meditadores.

En otro estudio, realizado junto a Richard Davidson, de Wisconsin, Rabat-Zinn aplicó inyecciones de influenza a n grupo de meditadores novatos y a un grupo de no meditadores, y luego midió los niveles de anticuerpos en su sangre. Los investigadores midieron también su actividad cerebral para ver en qué medida la actividad mental de los meditadores pasaba de la zona derecha a la izquierda. Los meditadores no sólo registraban más anticuerpos cuatro y ocho semanas después de recibir las inyecciones, sino que aquellos en quienes la actividad cerebral había cambiado más hacia el lado izquierdo tenían aun más anticuerpos. Según Zabat-Zinn, mientras mejor sea su técnica para meditar, más saludable será su sistema inmunológico.

Y las pruebas continúan aumentando. Un estudio demostró que las mujeres que meditan y utilizan la imaginación dirigida tienen niveles más altos de células inmunológicas para combatir tumores de mama. Muchos otros estudios, incluso anteriores a éste, han establecido que la meditación puede reducir significativamente la presión sanguínea. Considerando que el 60% de las visitas al medico tienen su origen en dolencias relacionadas con el estrés, esto no resulta sorprendente. Como tampoco es sorprendente que en ocasiones la meditación se utilice para reemplazar el Viagra.

Pero la meditación hace algo más que disminuir el estrés; ella trae armonía y aumenta la concentración. Tal como lo demostraron los Beatles en 1968 cuando visitaron al Yogi Maharishi Mahesh Yogi en su ashram en los Himalaya (lo habían conocido en Londres en 1967), la meditación puede también darnos una muy necesaria trascendencia. Fue David Lynch, otro discípulo de Maharishi, quien 12 años atrás, en los estudios de su particularmente bizarra serie Twin Peaks, motivó a la actriz Heather Graham para inciarse en la meditación. "Es fácil pasar una buena cuota de tiempo preocupada y obsesionada, pero la meditación me posiciona en un lugar alegre”, dice Graham, quien habitualmente medita durante 20 minutos en la mañana y otros 20 en la tarde. “Al final del día, todo ese asunto de ser estrella no significa nada.

La Meditación Trascendental nos recuerda que lo importante es cómo nos sentimos por dentro. Si tenemos eso, lo tenemos todo”.

Lynch, quien también dirigió Eraserhead and Blue Velvet, lleva 30 años sentándose a meditar durante 90 minutos dos veces al día. “Estando en niveles muy, muy profundos de conciencia se me ocurren más y mejores ideas”, dice Lynch. Imagínense las locuras con las que podría salir Lynch si meditara cuatro horas al día.

Goldie Hawn dice llevar 31 años practicando la meditación. En su casa tiene una habitación especial para meditar, llena de sus cristales favoritos, flores, incienso y fotos del Dalai Lama y la Madre Teresa. Ella medita por los menos 30 minutos dos veces al día. “¿Cómo puedes aprender a reconocer tus emociones destructivas?, pregunta Hawn. “Sólo siendo capaz de sentarte en silencio y de poner tu mente en silencio”.
Los fanáticos más novicios definitivamente no quieren cristales. Eileen Harrington, quien dirige el inflexible grupo de fraude al consumidor de la Comisión de Comercio Federal en Washington, invitó a un orador especializado en meditación para que hiciera una presentación después del 11 de septiembre. Aproximadamente la mitad de su equipo continua practicándola. Bill Ford, presidente de Ford Motors, medita. El antiguo jefe del súper secreto MI-5 inglés también medita. Hillary Clinton está considerando meditar, y los Gore son conversos. “Ambos creemos en el poder de la oración, y a menudo rezamos juntos. Pero la meditación _a diferencia de la oración_ me parece altamente recomendable”, dice el hombre que casi fue nuestro Presidente. En todo caso, el mantra de la MT de Gore no es Florida, como cuentan los rumores. Si bien yo no medito tan religiosamente, sé a qué se refiere Gore. Hacer un alto en nuestras sobresaturadas vidas para redescubrir el presente es una actividad que vale la pena. Y sentí una notoria diferencia cuando, en mi somnolencia postmeditativa, pude caminar por las calles, híper conciente de mi entorno, como con el poder de un superhéroe no muy útil. Incluso pude hacer que mi cuerpo no necesitara ir al baño, concentrándome en mi vejiga y aceptando que estaba llena. Aunque no estoy muy seguro que eso haya sido beneficioso para mi salud. Pero si yo no fuera una de las pocas personas que conozco que necesitan estar más activas y menos estáticas _yo podría usar una clase para entrenar la rabia_ meditaría más. Y si alguna vez debo enfrentar algún trauma o enfermedad, creo que recurriré a la meditación. Después de todo, para eso la inventaron los budistas, porque ellos creen que la vida inevitablemente con lleva sufrimientos. Mi única objeción es que ellos plantearon esta idea del sufrimiento antes que se inventara la televisión.

Reportaje de David Bjerklie, Alice Park y David Van Biema/ Nueva York, Karen Ann Cullotta/Iowa y Jeanne McDowell/ Los Ángeles